La célula como grupo familiar
Nuestro trabajo con células comenzó más por intuición que por conocimiento. Más por entusiasmo que por familiaridad con los valores. El factor desencadenante fueron los primeros libros del Pastor Cho que se tradujeron al español. Uno de ellos se llamaba “Los grupos familiares y el crecimiento de la iglesia.” Precisamente porque el título era “los grupos familiares”, decidimos adoptar el nombre y en los primeros años de trabajo nuestras células se llamaban “grupos familiares”.
Pero, no era solo cuestión del nombre. Había un decidido esfuerzo para que nuestras células fueran precisamente eso: reuniones de las familias en las casas. Se animaba a que fueran las familias enteras las que se reunieran en las casas. Además, se impulsaba el involucramiento de toda la familia en el trabajo. Por ejemplo, el padre de familia podía ser el líder, la mamá la anfitriona, uno de los hijos daba la bienvenida, la hija dirigía la oración inicial, etc.
La idea era utilizar las células no solo como un medio eficaz de evangelismo sino también como un recurso para consolidar a las familias. Posteriormente, la asistencia de los niños comenzó a ser abundante a los “grupos familiares”. Eran tantos niños que algunas personas tomaron la decisión de atenderlos aparte para que los adultos pudieran estar tranquilos durante la reunión. En los primeros años siempre me opuse e insistí en que no era necesario llevar los niños a un lugar aparte. Mi propuesta era que cada padre podía cuidar de sus hijos mientras participaba del “grupo familiar”.
Posteriormente, al conocer a Joel Comiskey, a Ralph Neighbour y otros maestros en el tema celular, me di cuenta que lo que nosotros llamábamos “grupos familiares” eran llamados mundialmente “células”. Fue entonces que para estar a tono con el lenguaje universal decidí que el nombre se cambiara a “células”. Pero, fue una etapa extraordinaria la que vivimos con las células como recurso para fortalecer con la fe a las familias.
La familia de los anfitriones
Sin duda que la familia anfitriona de una célula es clave para lograr la multiplicación. Los anfitriones se encuentran en una posición de fortaleza pues su influencia sobre sus amigos tiene como centro su casa, donde se realiza la célula. Esta es una ventaja que no tiene ninguno de los otros miembros de la célula.
Por ello, el trabajo de los anfitriones es esencial para alcanzar las metas de multiplicación. Pero, esa influencia, puede ser anulada cuando las cosas no marchan bien en la familia. Las personas son muy susceptibles a los problemas que perciben en los hogares y eso les da la excusa perfecta para no asistir más a una célula.
La salud de la familia de los anfitriones determina la salud de la célula. El tema de la familia ha sido trabajado bastante por las iglesias cristianas. Es uno de los énfasis que caracterizan al evangelio. No obstante, cualquier esfuerzo que se haga nunca estará de más. Por ello, es importante que las iglesias continúen trabajando en enseñanzas tales como el fortalecimiento de las relaciones entre padres e hijos. Las relaciones de pareja e incluso la manera de relacionarse de la familia con el vecindario.
Las personas creen mucho más a los hechos que a las palabras y, por ello, nunca será demasiado todo el esfuerzo que se invierta en instruir y fortalecer las familias cristianas especialmente la de los anfitriones.
La vida enfocada en la comunidad
Sin duda que la cultura mediterránea del siglo I estaba fuertemente orientada hacia lo corporativo antes que lo individual. En muchas sociedades de hoy ocurre lo contrario: que el individualismo es el elemento distintivo. Esa vida individualista es estimulada por los derechos individuales de las democracias occidentales. Las personas hacen una construcción cultural que gobierna todos los ámbitos de su vida. Esto significa que el sentido de la vida en comunidad, que se necesita para el trabajo con células, se enfrenta a un choque cultural que anima a las personas al estilo de vida centrado en sí mismo. El modificar la cultura de un pueblo es algo que no se hace fácilmente y tampoco en el corto plazo. Pero no es imposible. De hecho, el cristianismo ha modelado la cultura universal. Lo hizo desde la base y a lo largo de un tiempo prolongado. El implementar el enfoque de vida en comunidad, a través de las células, se debe emprender con entusiasmo. Al principio las cosas no serán fáciles. Pero si se persevera, las personas comenzarán a descubrir la coincidencia que existe entre la vida comunitaria y las enseñanzas del evangelio. Tendremos que esperar a la siguiente generación para ver una alteración en la orientación cultural, pero quienes comiencen hoy el trabajo tendrán la satisfacción de haber sido pioneros de una causa que vale la pena de verdad.
La comunidad cristiana como familia de Dios
El Señor Jesús enseñó a sus discípulos a invocar a Dios como un padre. Esta idea era totalmente innovadora ya que en el Antiguo Testamento a Dios se le había visto con gran reverencia en la lejanía. Se le llamaba “Altísimo”, “Todopoderoso”, “Santo”, “Eterno”, etc. Pero la idea de verle como un padre de familia era totalmente nueva.
Al invocar a Dios por padre las ideas de temor, distancia e incomprensión comenzaban a disolverse para dar paso a la confianza, seguridad y acceso. Al cambiar la relación entre la persona y Dios, también cambiaba su relación con las demás personas. Si Dios es el padre, entonces los cristianos son hermanos entre sí. Aunque la expresión “hermano” era ya usada en el judaísmo, es en el cristianismo que el término llegó a adquirir una presencia constante.
Las cartas del Nuevo Testamento abundan en el uso de la palabra “hermano” para referirse a los otros creyentes. El libro de Los Hechos es un relato que siempre que se refiere a otros cristianos o de las relaciones entre ellos les da el título de “hermanos”.
Pero no se trata solo de un título. Es la expresión verbal de una vivencia que hacía que los cristianos se viesen como miembros de una familia antes que de una religión. Las relaciones tenían como nota constante el amor. Eran más cercanos entre sí que lo que, a veces, podían ser las relaciones dentro de una familia. La plenitud de la vida cristiana se alcanzaba cuando las personas comprendían que llegaban a ser parte de una comunidad de amor y en donde a los ancianos se les veía como a padres, a las ancianas como a madres, a los jóvenes como hermanos y a las jovencitas como hermanas. Confianza al mismo tiempo que respeto eran las características de los primeros cristianos.
El equilibrio entre celebración y célula
Antes de nuestra transición para llegar a ser una iglesia celular era evidente que el énfasis se encontraba totalmente en la celebración. No hubo más que celebraciones durante los primeros nueve años de vida de Elim.
Cuando se comenzó la transición fue necesario equilibrar la celebración en el edificio con las células en las casas. Para ello, se tuvo que suspender algunas actividades que se realizaban durante la semana. Algunos miembros, ya habituados al único modelo de la celebración, tuvieron muchas dificultades para comprender por qué se suspendían actividades en el edificio de la iglesia para sustituirlas por las reuniones en las casas.
Algunos incluso llegaron a pensar que se trataba de un recurso humano para el crecimiento. ¡En realidad era comenzar a practicar el modelo del Nuevo Testamento para la iglesia!
Cuando el trabajo celular cobró fuerza, la iglesia comprendió el sentido de los dos tipos de reuniones. Captaron la visión celular y las reuniones en las casas alcanzaron su dimensión bíblica. Hoy en día, son muy naturales para la iglesia los dos tipos de reuniones. De ser una iglesia que solamente valoraba la celebración, hoy ha llegado a ser una iglesia que valora mucho las reuniones en casa también. Prueba de ello es que no se llevan estadísticas de asistencia a la celebración sino solamente de la asistencia a las células. Para los miembros de Elim, las células son la iglesia. La celebración es eso: celebrar que somos una misma iglesia.






