En compañía de los profetas

Jesús subió a un monte de Galilea y pronunció un discurso que ningún gobernador romano habría autorizado. Es verdad que en su sermón no mencionó directamente al César ni presentó un programa contra el imperio, pero en el contexto que se vivía era evidente que pronunciaba un manifiesto que ponía al revés la escala de valores del poder. Eso fue algo que los que lo oyeron comprendieron muy bien. En la actualidad, solo aquellos que no están informados del contexto imperial que se vivía piensan que lo que pronunció fue algo así como poesía espiritual.

En el mundo romano, la dicha era cosa del emperador y de los vencedores, y las inscripciones en  las monedas pregonaban la felicidad que brindaba el César. Pero Jesús afirmó: «Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece. Dichosos los que lloran, porque serán consolados» (Mateo 5:3-4). Ese no era un consuelo barato, era una impugnación: si los pobres eran los verdaderos dichosos, entonces, la propaganda que medía la grandeza por el lujo estaba mintiendo.

En la Galilea del siglo primero, había oportunistas que se asociaban con la élite herodiana y con las autoridades romanas para ir acaparando las mejores tierras, muchas veces despojando a los campesinos. Pero Jesús, haciendo eco del Salmo 37, aseguró: «Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia» (v. 5). Al proclamar que eran los humildes y no los violentos ni los recaudadores los que recibirían la tierra, prometía que el reparto final no lo decidirán los poderosos.

La gran oferta de Roma era la paz y la seguridad, pero Jesús colocó otros valores por arriba de ellos: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados» (v. 6). Un régimen puede dar orden y seguridad al mismo tiempo que vacía las conciencias. Jesús no se conformaba con la estabilidad: pedía justicia. Pero fue todavía más hondo cuando dijo: «Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (v. 9). Las inscripciones en los monumentos decían que el emperador era «hijo de dios» y artífice de la Pax Romana, una paz impuesta con fuerza y muerte. Jesús le arrebató ambos títulos y declaró que ser hijo de Dios no le corresponde a quien pacifica a la fuerza, sino a quien construye la paz sin espada. Era una crítica contra la paz que no es acompañada de verdad y justicia.

Esto que Jesús predicaba no era del agrado de quienes sacaban provecho del estado de las cosas. Cuando el poder se siente confrontado no suele discutir argumentos, sino que agrede y ataca. Por eso el Maestro advirtió a los suyos: «Dichosos serán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias. Alégrense y llénense de júbilo, porque les espera una gran recompensa en el cielo. Así también persiguieron a los profetas que los precedieron a ustedes» (v. 11-12). Al mencionar a los profetas, Jesús ponía a sus seguidores en una larga tradición de voces incómodas frente a los reyes.

Las bienaventuranzas no eran un programa de partido, sino algo más inquietante para cualquier poder: una lealtad superior que pone en su lugar a todas las demás. Ningún gobernante es mesías. Cuando una iglesia bendice al caudillo sin examinarlo, ha cambiado de Señor sin darse cuenta. La fe puede respetar a las autoridades, pero no puede convertirse en su coro. La mansedumbre no es sumisión. Es fuerza que rechaza la violencia y el odio incluso hacia quien persigue, pero no confunde la paciencia con el silencio.

El hambre de justicia y la misericordia piden presencia. A veces, ser misericordioso consiste simplemente en acompañar, visitar a la madre que busca noticias de un hijo, al enfermo sin atención. El corazón limpio pide la verdad, aun cuando la mentira sea política de Estado. Esa valentía no excluye la prudencia ni el cuidado de los más vulnerables de la comunidad. Los imperios que parecían eternos ahora son ruinas para turistas, pero el Sermón del Monte continúa fresco inspirando. Quien hoy sufre por la justicia no está fuera de la historia: está en la compañía de los profetas.

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