El Padrenuestro en su contexto

El Padrenuestro es un modelo de oración que se repite muchas veces en iglesias, hogares y devociones personales. Jesús lo enseñó en su famoso Sermón del Monte y, desde entonces, se ha orado innumerables veces sin que se ejerza una mayor reflexión sobre su contenido e implicaciones. Pero cuando se toma en cuenta el contexto político en el que Jesús lo enseñó, rápidamente se comprende que esa oración podía volverse incómoda para el poder, principalmente si quienes la oraban decidían tomarla en serio.

A partir de Augusto, los emperadores comenzaron a ser llamados «pater patriae», es decir, «Padre de la patria», como título honorífico. A partir del año 2 a. C., se dispuso inscribir ese título en las casas y en los espacios públicos. Se han encontrado monedas de Nerón que contienen las letras PP, abreviatura de «pater patriae». El uso del título buscaba legitimar el poder, presentando al gobernante como figura paterna del pueblo. Su autoridad era asociada con protección y cuidado.

En oposición a la propaganda imperial, Jesús enseñó que era a Dios a quien había que llamar «Padre». Eso resultaba desafiante para una sociedad acostumbrada a otorgar esa dignidad a los poderosos. Tiempo después, Jesús reafirmó: «No llamen padre suyo a nadie en la tierra, porque uno es su Padre, el que está en los cielos» (Mateo 23:9). Es cierto que Jesús no hizo una mención directa del César, pero sus palabras fueron pronunciadas y transmitidas en un mundo sometido al poder romano. Reconocer ese contexto permite comprender su alcance político: si Dios tiene la autoridad última, las autoridades humanas deben responder ante una justicia que es superior a sus intereses. El cristianismo cuestiona los poderes que exigen obediencia absoluta, justifican la desigualdad o presentan la violencia como garantía del orden.

«Santificado sea tu nombre» establece un límite a la apropiación religiosa del poder. Cuando un gobernante utiliza la fe para blindarse frente a la crítica, pretende trasladar a su persona una reverencia que solo corresponde a Dios. Las iglesias deberían ser especialmente cuidadosas: cuando prestan el púlpito a los políticos, comprometen su libertad y su testimonio.

En el centro del Padrenuestro, Jesús enseñó a pedir: «Venga tu reino». El contenido de ese reino debe buscarse en las enseñanzas de Jesús. El mismo Sermón del Monte llama a la misericordia, la reconciliación, la justicia y el amor al enemigo. Por eso, invocar el gobierno de Dios exige revisar también los intereses de las comunidades religiosas. Una iglesia que busca privilegios mediante la cercanía con el poder debe preguntarse cuánto está dispuesta a callar para conservarlos. La forma de tratar a los trabajadores, administrar los recursos públicos, escuchar a una víctima o ejercer autoridad debe ser examinada a la luz de esa voluntad.

Después viene «el pan nuestro de cada día». La oración concede un lugar central a una necesidad elemental: comer hoy. Esa petición devuelve la discusión sobre la grandeza de una sociedad a la mesa de sus habitantes. El prestigio de sus dirigentes y la espectacularidad de sus obras resultan insuficientes cuando hay familias que deben elegir entre alimentarse o atender una enfermedad. Pedir el pan de todos compromete a compartir y a examinar las condiciones que producen hambre. Estas son aplicaciones actuales de la oración. Quien pide sustento para sus hermanos tiene motivos para interesarse por las decisiones que afectan su acceso a lo necesario.

«Perdónanos nuestras deudas» introduce otra revisión del poder. Mateo habla de deudas, una imagen que expresa las ofensas y la necesidad de misericordia. Recibir el perdón de Dios obliga a examinar cómo tratamos a quienes dependen de nosotros. Esto alcanza a las iglesias. La culpa puede utilizarse para exigir obediencia, impedir una denuncia o proteger la reputación de un dirigente. El perdón cristiano nunca debería convertirse en una exigencia de silencio para las víctimas. La reconciliación requiere verdad y responsabilidad.

El Padrenuestro termina pidiendo: «no nos metas en tentación, más líbranos del mal». Necesitamos ser librados de la tentación de participar en la injusticia cuando ofrece seguridad y beneficios. Una congregación debe defender la verdad y la dignidad humana, aun cuando hacerlo incomode a sus aliados. Pronunciar esta oración exige dejar que sus peticiones transformen nuestras lealtades.