Sin trompetas

El Sermón del monte es una de las enseñanzas más conocidas de Jesús y una de las más impactantes. Pero es importante recordar que no fue pronunciado en el vacío, sino en condiciones concretas de vida. Esas condiciones tenían que ver con la ocupación y control de las provincias de Judea y Galilea por el Imperio romano, que para la época de Jesús llevaban ya unos cien años. La presencia imperial era un asunto de cada día y de todas las esferas de la vida. Por esa razón, esas condiciones deben ser tenidas muy en cuenta a la hora de entender la totalidad de lo que Jesús enseñó.

 

En el sermón no hay menciones directas al César o al imperio, pero eso no era necesario. Las palabras de Jesús eran alusiones muy claras a los valores que los romanos imponían y cuyo rechazo Jesús aconsejaba. Para sus oyentes era muy fácil comprender a qué cosas el Señor aludía. Somos nosotros los que necesitamos ubicarnos en el entorno del siglo I para captar toda la dimensión de sus enseñanzas.

 

En el mundo grecorromano existía la institución de lo que hoy se llama la relación de patronazgo y clientela. Esta consistía en una relación en la cual una persona rica y poderosa, el patrono, otorgaba a otra persona, el cliente, su ayuda y protección a cambio de gratitud, respeto y lealtad. La ayuda no era dada por altruismo, sino como un mecanismo social bien establecido para obtener honor, elogios, inscripciones, estatuas y honores. Ese mecanismo aliviaba necesidades reales, pero también profundizaban las desigualdades y las diferencias de poder.

 

El honor era uno de los valores sociales supremos, y se ganaba en público: con donaciones, patrocinio de obras y favores concedidos a otros. Los poderosos convertían su riqueza en prestigio, y los emperadores se presentaban como benefactores de poblaciones enteras. Fue en el contexto de ese sistema que Jesús proclamó: «Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas […] para ser alabados por los hombres» (Mateo 6:2). Esa era una advertencia advertencia que no solo se refería a la vida espiritual íntima, sino que tocaba el nervio de las prácticas sociales y políticas de cómo se repartía el prestigio entre las personas. En su enseñanza, Jesús era claro con relación a que no importa el aplauso de la sociedad, sino la fidelidad al Padre. En el orden imperial, el reconocimiento público confirmaba la importancia de alguien. En la comunidad de Jesús, la fidelidad a Dios vale aunque nadie la vea.

 

En tiempos como el nuestro, en que cada donativo se anuncia con fotografía y transmisión en vivo, vale la pena volver a una frase pronunciada hace casi dos mil años: «Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos» (Mateo 6:1). Aunque suele leerse como un consejo de modestia personal, es mucho más que eso: es una crítica a toda una manera de organizar la sociedad. La ayuda no debe convertirse en un mecanismo de dominación, y quien recibe no tiene por qué pagar con elogios lo que se le da. La dignidad del necesitado no depende del prestigio de su benefactor, porque la limosna se hace ante Dios y no ante un público encargado de premiar al donante. Ayudar para cosechar prestigio queda desautorizado. El problema no es que el bien se vea, sino que se haga para ser visto.

 

La pregunta para nosotros es incómoda. ¿Cuántas entregas de víveres e inauguraciones en nuestro país siguen la vieja ecuación imperial? ¿Cuántas veces la necesidad del pobre se vuelve escenario para engrandecer la imagen de un funcionario, una empresa o de una iglesia? Cuando la ayuda exige gratitud pública, lealtad política o una foto con el beneficiario, ha dejado de ser ayuda en el sentido de Jesús y se ha convertido en patronazgo.

 

La comunidad que Jesús propuso debía ser un espacio donde la ayuda mutua no produjera subordinación: donde los ricos no compraran superioridad con su generosidad y los pobres no sirvieran para exaltar a nadie. El principio cabe en una línea y sigue siendo revolucionario: la ayuda debe aliviar la necesidad del otro, no aumentar el poder de quien ayuda.