Cantos de alabanza sospechosos

Un canto de alabanza a Dios dice: «El Santo… derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes; a los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió vacíos». Estas afirmaciones anuncian un cambio social y económico radical; por eso, este cántico ha sido visto con sospecha y considerado subversivo. Durante las dictaduras militares argentinas su uso público fue censurado. En la India tampoco podía cantarse y se dice que Gandhi pidió que se leyera en señal de libertad cuando conquistaron su independencia de los ingleses.

El mensaje del canto es contundente al anunciar la caída de los poderosos y los ricos; tanto que en un ambiente muy polarizado como el de nuestro país, los evangélicos políticamente partidarios no dudarían en tacharlo como una alabanza no espiritual, escrita con odio, en defensa de criminales y otros disparates parecidos. Pero la verdad es que el canto fue inspirado por el Espíritu de Dios y se encuentra preservado en el evangelio de Lucas 1:46-55.

Se trata del canto que María entonó cuando su parienta Elisabet le confirmó que ella sería la madre del Salvador. Además de ser un cántico de alabanza también posee un fuerte contenido profético, social y escatológico, porque celebra la acción salvadora de Dios al exaltar a los humildes, derribar a los poderosos, saciar a los hambrientos y cumplir las promesas de liberación. Todo eso constituía un desafío frontal a la jerarquía autoritaria que en su época se vivía bajo el Imperio romano. El canto de María hace eco del canto de Ana, en el Antiguo Testamento, que también presenta el programa liberador de Dios como una transformación social y política radical. No por casualidad ha habido regímenes que prohibieron leerlo en público.

Al canto de María se debe agregar también el canto de Zacarías, el padre de Juan el Bautista, quien cantó al Señor de ser «salvador de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian», de la redención del pueblo y de «guiar nuestros pasos por el camino de la paz». Con ello expresaba los anhelos que el pueblo maltratado de Dios sostenía por una paz auténtica y la liberación de toda dominación.

Los cantos de María y Zacarías no proclamaban una venganza de odio, sino la certeza de que Dios no es indiferente ante los poderosos arrogantes, el hambre de los pobres, la humillación de los pequeños, los abusos de poder y las injusticias en general. Tampoco María y Zacarías eran indiferentes al sufrimiento de los vulnerables y sus cantos tampoco tenían nada de neutrales. Sus alabanzas no separaban la espiritualidad de la justicia, ni la adoración de la realidad histórica. Para ellos, bendecir a Dios era también anunciar que su reino trastorna los órdenes injustos del mundo que, a su tiempo, caerán.

Por eso, el canto de María incomoda. Incomoda a quienes desean una fe domesticada, reducida al templo, útil para adormecer conciencias, pero incapaz de cuestionar estructuras de pecado. El canto de Zacarías también incomoda a quienes prefieren un evangelio que bendiga el poder sin examinarlo, que hable de salvación sin mencionar a los hambrientos, que predique paz sin justicia y obediencia sin discernimiento. Pero el Dios de María y Zacarías no era el ídolo de los tronos; era el Santo que mira la humillación de sus siervos y levanta a quienes han sido pisoteados.

Los cristianos de la actualidad necesitan recordar y recuperar la valentía espiritual de estos cantos. No para convertir el evangelio en ideología, sino para impedir que la ideología vacíe al evangelio de su fuerza profética. Los cantos de María y Zacarías nos recuerdan que la verdadera alabanza no adormece la conciencia, sino que la despierta; no encubre la injusticia, sino que la denuncia; no santifica a los poderosos ególatras, sino que proclama que solo Dios es Señor.

Quien canta alabanzas bíblicas al Señor y lo hace con sinceridad debe preguntarse de qué lado se encontrará cuando Dios derribe tronos, exalte humildes, sacie hambrientos y despida vacíos a los ricos codiciosos. Porque estos cantos no solo celebran lo que Dios hizo con María y Zacarías, sino que anuncian lo que Dios sigue haciendo en la historia.

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