Liberado de una legión
Los evangelios relatan que Jesús cruzó, en una barca, el lago de Galilea para ir a territorio gentil. Allí deambulaba un hombre que vivía entre los sepulcros. Nadie lograba dominarlo, ni siquiera con cadenas. Gritaba, andaba desnudo y se golpeaba con piedras. Este hombre corrió para encontrarse con Jesús quien le preguntó: «¿cómo te llamas?». La respuesta fue estremecedora: «Me llamo Legión, porque somos muchos». Para las personas del siglo primero la palabra «legión» no era solo una manera de decir «muchos». Una legión era una unidad del ejército romano. Eran las legiones romanas las que ocupaban nuevos territorios, imponían el orden imperial y su presencia recordaba quién ejercía el poder. Escuchar que el mal que atormentaba al hombre se llamaba Legión inevitablemente evocaba aquella presencia militar.
Esto no significa que el relato niegue la realidad espiritual. El texto habla claramente de espíritus impuros y presenta a Jesús realizando una liberación. No obstante, el nombre elegido permite reconocer una dimensión adicional: el abuso de la fuerza también puede herir cuerpos, destruir identidades y convertir la violencia exterior en sufrimiento interior. El hombre ya no podía responder con su nombre propio. Hablaba usando el nombre de aquello que lo dominaba. Vivía fuera de la ciudad, rodeado de muerte, lastimándose y causando temor. La comunidad podía inmovilizarlo por momentos, pero no devolverle la vida. El sistema sabe apartar al herido; no sabe restaurarlo.
Jesús hizo algo diferente. No confundió al hombre con la fuerza que lo poseía. Para Jesús, aquel ser humano no era Legión. Legión era el poder del cual debía ser liberado. Esa distinción resulta esperanzadora: una persona nunca debe ser reducida a su herida, adicción, diagnóstico, fracaso o condición social. Tampoco un pueblo debe aceptar como identidad permanente el nombre impuesto por quien lo domina.
Al mandato de Jesús los espíritus salieron del hombre y entraron en unos cerdos que después se precipitaron por un acantilado. La fuerza llamada Legión terminó derrotada en el agua. El poder que parecía invencible no pudo resistir la autoridad liberadora de Jesús. Pero ¿Cómo venció Jesús? No reunió un ejército para expulsar a otro ejército. No colocó nuevas cadenas ni convirtió al hombre liberado en instrumento de venganza. Su palabra rompió el dominio y le devolvió su humanidad. Frente a la violencia de Legión, Jesús ejerció una autoridad que restaura.
La reacción del pueblo resulta incómoda. Al encontrar al hombre sentado, vestido y en su sano juicio, los habitantes sintieron miedo. Además, habían perdido una cantidad considerable de animales. Entonces le pidieron a Jesús que abandonara la región. La liberación había tenido consecuencias que perturbaban su normalidad. El relato nos obliga a preguntar qué valoramos más: la dignidad recuperada de una persona o la estabilidad de un sistema. No debemos acusar a los propietarios de los cerdos de servir conscientemente a Roma, porque el texto no lo afirma. Pero sí podemos reconocer una tensión conocida: hay sociedades capaces de tolerar el sufrimiento de los demás mientras permanezca escondido, y capaces de resistir la transformación cuando esta afecta sus privilegios.
Al final, el hombre quería acompañar a Jesús. Pero este le encarga volver a su casa y contar lo que el Señor había hecho por él. Quien vivía sin nombre, aislado y temido, recuperó su voz y se convirtió en testigo entre los suyos. Esa era la señal más clara de su liberación: ya no era un objeto de control, sino un sujeto en una misión. Este pasaje proclama que el reinado de Dios confronta todo poder que deshumaniza. El Imperio romano sirvió como contexto histórico, pero la pregunta alcanza nuestro presente. ¿Qué legiones continúan ocupando vidas mediante violencia, miedo, pobreza o abandono? ¿A quiénes preferimos mantener lejos en vez de recibirlos nuevamente en comunidad?
La iglesia será fiel a Jesús cuando no se limite a disimular síntomas o esconder personas heridas, sino cuando se acerque a esos heridos, escuche sus nombres, defienda su dignidad y los acompañe con procesos reales de restauración. La buena noticia comienza cuando las cadenas dejan de ser la única respuesta y la persona vuelve a sentarse entre nosotros, vestida de dignidad, dueña de su voz y capaz de contar la misericordia que la hizo libre.









