Reflexión para el Día Nacional de la Biblia
El segundo domingo de diciembre ha sido declarado Día Nacional de la Biblia. Así fue decretado por la Asamblea Legislativa, en 2002, mediante un dictamen que tiene como propósito estimular su lectura y estudio. Al hablar de la Biblia es importante comprender que es una palabra que se deriva del griego «biblia», que significa libros. Hasta donde se sabe, el uso más antiguo de la expresión se encuentra en la Segunda carta de Clemente, de alrededor del año 150, que afirma: «Los libros (ta biblia) y los apóstoles declaran que la iglesia… ha existido desde el principio». La palabra griega «biblia» pasó al latín y, después, al español ya en singular, para referirse a la colección de escritos judeocristianos reconocidos como inspirados. Paradójicamente, la palabra Biblia no aparece dentro de ella, sino que usa en su lugar el término «Escrituras».
La Biblia se divide en dos grandes partes: el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento contiene los libros de Moisés o Ley, los profetas y los escritos. A esta colección muchos le llaman la Biblia Hebrea. Esta fue la «Biblia» que usó Jesús, los apóstoles y otros predicadores del evangelio en los primeros días del cristianismo. Usar el Antiguo Testamento concedía autoridad a la enseñanza del evangelio y, así, los primeros cristianos comenzaron a ver como propios los escritos del Antiguo Testamento.
Los primeros libros del Nuevo Testamento que se escribieron fueron las cartas de Pablo, las cuales, fueron escritas entre el 48 y el 60 de nuestra era. Es decir, antes de que se escribiera el primero de los evangelios, que pertenecen a las décadas 60 a 100. Pablo ni imaginó que sus cartas llegarían a convertirse en Escrituras. Él escribió en reacción a las condiciones que su trabajo misionero enfrentó. Pero sus contenidos eran tan inspiradores que comenzaron a circular entre las diversas comunidades cristianas. De esa manera, se fueron preservando.
Los evangelios fueron escritos para grupos particulares de creyentes quienes los conservaron de manera independiente. Pero a comienzos del siglo II, se juntaron y comenzaron a circular como un registro que constaba de cuatro partes. Cuando eso sucedió, al evangelio de Lucas se le separó de su segunda parte, que se convirtió en un libro con carrera separada e importante por sí solo. Hoy en día se le conoce como los Hechos de los Apóstoles.
A las cartas originales de Pablo se le añadieron otras que se le atribuyeron. La colección no fue ordenada en orden cronológico sino en orden descendente de acuerdo con su longitud. Las más largas van primero y las más cortas después. El libro de los Hechos de los Apóstoles fue colocado como eslabón natural entre los evangelios y las cartas de Pablo. Luego se añadieron otros escritos que se atribuían a otros apóstoles y se remató con el libro de Apocalipsis. Mientras que la redacción de los libros del Antiguo Testamento comprendió un período de más de mil años, los libros del Nuevo Testamento se escribieron en cosa de unos cien años.
A los primeros cristianos no les tomó mucho tiempo colocar las nuevas Escrituras evangélicas junto a la ley y los profetas para formar el cuerpo que hoy conocemos como Biblia y usarla para la propagación y defensa del evangelio y para el culto cristiano. A mediados del siglo II, Justino Mártir, en su obra «Apología», ya describía la manera en que los cristianos leían en sus reuniones «las memorias de los apóstoles y los escritos de los profetas».
Fue natural que cuando el cristianismo se esparció entre personas que hablaban otras lenguas, la Biblia fuera traducida del griego a esas lenguas para uso de los nuevos conversos. Para el 200 d. C. ya existían versiones latinas y siríacas de las Escrituras. Para el siglo siguiente apareció una versión copta. De esa manera, la distribución de la Biblia ya no se detuvo. Desde que Gutenberg la imprimió por primera vez se ha convertido en el libro más impreso de la civilización humana. Se estima que solo en los últimos cincuenta años se han vendido un estimado de 3,900 millones de ejemplares. En los tiempos caóticos que vivimos, la Biblia sigue siendo pertinente.










Roció el libro y al pueblo
Demos gracias a Dios por la obra reveladora en muchos escritores tanto del AT como del Nuevo Testamento, ya que fueron inspirados por medio del Espíritu Santo para poder recibir y presentar el mensaje de Dios: Las Sagradas Escrituras. Este mensaje es verdadero, Testificado por los profetas, confirmado por el Espíritu y manifestado en carne en la persona de Nuestro Amado Señor Jesucristo. Todo lo que está escrito fue voluntad de Dios, y no podemos caer en el abuso de manipular este mensaje. Y de esto quiero hacer referencia, tenemos la Palabra de Dios, tenemos la revelación máxima y Gloriosa de Dios el Padre en su Hijo Cristo Jesús. La Revelación especial que son Las Escrituras, que se dividen en dos partes: el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. En cada parte sobresalen elementos, primero la ley y los profetas y segundo la Gracia y la Verdad. Juan 1:17 Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. Y se establecen límites, veamos: Lucas 16:16 La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él. Y en ambas partes se enfatiza el Reino de Dios. El Reino de Dios ha sido anunciado desde el principio, en la creación, en la raza humana, en la intervención divina a través de Abraham y su promesa: Génesis 22:18 En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz. Esa simiente es Cristo El Señor. En la redención de hechos de Israel, liberandolo de Egipto, la conquista de la tierra prometida, el Reinado de David figurando El Reino Glorioso del Hijo de Dios y sigue el proceso del cumplimiento de la Revelación de Dios. Porque así como Moisés luego de anunciar la ley, tomó la sangre y roció al libro (la ley) y al pueblo. Hebreos 9:19 Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo. Hoy en el tiempo final, Cristo con su propia sangre ha rociado las Sagradas Escrituras, que es el Evangelio Eterno y a cada persona que cree en El. La Palabra y la Iglesia, la palabra viva y el cuerpo viviente de Cristo. Este hecho Redentor ya lo hizo Cristo Jesús en la cruz. 1 Pedro 1:2 elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas. Estos dos hechos de rociar las Escrituras ( El Evangelio Eterno) y rociar al pueblo implica que hay una total santificación, exaltación, renovación y seguridad en La Palabra de Dios y en el pueblo de Dios ( la Iglesia). La maldición ha sido quitada, la derrota ha sido eliminada, la muerte y la mentira ha sido echada fuera o deshecha. Porque Cristo vino para deshacer las obras del diablo. 1 Juan 3:8 El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Al conocer estos dos eventos y considerar lo trascendental y evidente que son por medio de la fe, nuestra vida se fortalece en la Palabra viva y en la sangre de Cristo. La Palabra nos dice la verdad, es la verdad y asimismo nos fortalece dándonos la victoria. Filipenses 4:13 Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. Juan 15:7 Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. Estimado amigo y hermano, todo es posible cuando confiamos en El. Esta es la obra de Dios que pide que hagamos: Que creamos en aquel que Dios ha enviado. Dudar de esta Verdad que Dios nos ha dado es perderle todo, es vivir sin esperanza, es la peor derrota, es morir eternamente sin esperanza. Pero hay algo mas, el amor de Dios ha sido manifestado y ese amor hacia su pueblo, amar al hermano es el mandamiento nuevo. El cumplimiento de la ley es el amor, el cumplimiento de toda la revelación es el amor. Dios es amor. Es Cristo que todo lo llena y bendice. Entonces dos cosas se nos demanda en la obra de Cristo: fe y amor. Nuestra fe en Cristo Jesús y esa fe se ve amando al hermano, al prójimo. Y por otra parte, la Palabra de Dios es la verdad, es el Espíritu. Dios nos pide permanecer en su Palabra. La Iglesia debe centrar su labor conforme a la Palabra. Muchos han abusado del contenido Escritural, dejando de lado el texto Bíblico, manipulando el texto, finalmente se convierten en herejes y apóstatas. Dos cosas acontecen en este tiempo final: abusando y pisoteando al pueblo de Dios santificado por la sangre de Cristo, y segundo abusando y dudando de la Palabra de Dios. De ahí se originan una multitud de hechos destructivos para la obra del cuerpo de Cristo. La desobediencia a la Palabra y el desprecio al pueblo redimido es evidente cuando el valor recae sobre las cosas, el oro, la plata, las ganancias inciertas, la avaricia, la influencia terrenal, el sistema dictatorial o dominante. Son muchas las complicaciones que se producen cuando se deja El texto sagrado por ideas humanas o la falsa llamada ciencia, y cuando no hay amor por el cuerpo de Cristo. Pecando contra los hermanos contra Cristo se peca. 1 Corintios 8:12 De esta manera, pues, pecando contra los hermanos e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis.
En resumen total es necesario volver a la senda antigua, la del bien y la Verdad. El bien de Cristo debe ser manifiesto en aquellos que le amamos, al amar al hermano, que fue rociado con la sangre del Cordero de Dios. Y cuidarnos nosotros mismo para mantener firme nuestra confianza en la Palabra viva y eficaz. Firmes en la luz del Evangelio Eterno rociado por la sangre de Cristo. Testifiquemos este gozo y esta Verdad. Haciendo esto seremos más que vencedores en Cristo Jesús. Amén
Adal R
21Dic2024