La proclama de Nazaret
Se le llama proclama o manifiesto de Nazaret a la declaración programática que Jesús hizo al inicio de su ministerio. Por medio de ella anticipó lo que caracterizaría su misión. El Evangelio de Lucas narra que Jesús volvió a Nazaret, el pequeño pueblo donde se había criado, y entró en la sinagoga, como era su costumbre. Allí le concedieron el honor de leer las Escrituras. Jesús tomó el rollo del profeta Isaías, buscó un pasaje específico y leyó: «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lucas 4:18).
Con esta introducción, Jesús dejó claro que su autoridad no procedía del César ni su misión dependía del respaldo de las élites. Lo que estaba ocurriendo era la irrupción del Reino restaurador de Dios mediante el poder de su Espíritu. Roma podía reclamar soberanía sobre los pueblos, pero no poseía el poder último sobre la historia. El Espíritu de Dios seguía actuando y ahora ungía a Jesús para cumplir su misión.
La lectura continuó sintetizando esa misión: «Me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres» (v. 18). La expresión griega relacionada con «buenas nuevas» pertenece al mismo campo semántico de euangélion, «evangelio». En el mundo romano, este lenguaje también era usado para celebrar acontecimientos relacionados con el emperador y presentar su gobierno como portador de paz y bienestar. Por eso, proclamar que las buenas nuevas de Dios se cumplían en Jesús adquiría una resonancia significativa: la verdadera salvación no procedía del emperador, sino de Dios. Mientras el Imperio sostenía su orden mediante poder y coerción, Jesús anunciaba restauración y libertad para los pobres, cautivos y oprimidos. La proclama de Nazaret anunciaba así el reinado restaurador de Dios, con implicaciones espirituales, sociales y económicas.
Los pobres, débiles, excluidos y amenazados ocupaban un lugar central en la misión de Jesús. Por ello, la Iglesia tampoco puede refugiarse en una falsa imparcialidad ante situaciones de injusticia. En sociedades que proclaman «igualdad ante la ley», pero que, en realidad, los débiles son indebidamente restringidos mientras los poderosos son indebidamente protegidos, los cristianos están llamados a colocarse al lado de quienes sufren. Jesús dejó claro hacia quiénes se dirigían especialmente las buenas noticias de su Reino.
«Buenas noticias a los pobres» no significaba solo consuelo para soportar la pobreza. Sino que, en consonancia con el profeta: «poner en libertad a los oprimidos» (v. 18). En una sociedad marcada por impuestos gravosos, endeudamiento, pérdida de tierras y distintas formas de dependencia, esas palabras poseían una profunda fuerza social. Sin embargo, Jesús no proponía sustituir violentamente a un gobernante por otro. Su camino consistía mas bien en formar un pueblo nuevo que, mediante el anuncio, la sanidad, el perdón, la restitución y la solidaridad con quienes sufrían, rechazara la lógica de la imposición, la violencia y el abuso. Por eso añadió que su misión se enfocaría en «predicar el año agradable del Señor» (v. 19).
Esta expresión evocaba el jubileo de Levítico 25, celebrado cada cincuenta años, cuando las deudas debían ser perdonadas, las propiedades familiares debían ser restituidas y los esclavos debían recuperar su libertad. Era una poderosa imagen de restauración económica y social. Al apropiarse de las palabras de Isaías, Jesús mostraba que su misión no podía reducirse solo al perdón interior del individuo: anunciaba la liberación integral de las esclavitudes espirituales, sociales y económicas. Para eso lo había ungido el Espíritu del Señor y a ello dedicaría su ministerio.
Lucas no menciona explícitamente al César, las legiones ni los impuestos en este relato. Sin embargo, leído dentro de su contexto histórico, el pasaje posee inevitables implicaciones sociales y económicas. Cuando Jesús terminó la lectura, se sentó y declaró: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros» (v. 21), estaba afirmando que el tiempo de la restauración prometida por Dios había comenzado. Y, con ello, anunciaba que la esperanza última de los pobres y oprimidos no descansaba en los poderes de este mundo, sino en el Reino de Dios que comenzaba a hacerse presente por medio de él.









