Esos sorprendentes cristianos

En el siglo I el Imperio romano controlaba las provincias de Judea y Galilea. Bajo esas condiciones muchos pensaban que lo único que se podía hacer era agachar la cabeza. Pero Jesús enseñó un camino diferente: responder a la fuerza con dignidad y amor. Eso implicaba enfrentar los abusos sin adoptar la crueldad de quienes los cometían. Los poderosos buscaban la obediencia ciudadana mientras concentraban privilegios y presentaban sus decisiones como incuestionables. En cambio Jesús insistió en que la autoridad debe estar al servicio de la vida.

La autoridad imperial se apoyaba en la venganza implacable: «Ojo por ojo, y diente por diente» (Mateo 5:38). Pero Jesús pidió a sus discípulos ir más lejos. La venganza se convierte en una cadena donde cada crueldad justifica la siguiente. Romper esa cadena exige valentía. Defender la justicia implica buscar que el daño se detenga, que las víctimas sean escuchadas y que los responsables respondan por sus actos. Pero la venganza, en cambio, se concentra en el sufrimiento del adversario y destruye la humanidad del vengador.

Jesús enseñó que si se recibía una bofetada en una mejía, había que poner la otra. En condiciones donde la autoridad se ejercía marcando la inferioridad del abofeteado, el poner la otra mejía cuestionaba la humillación y ponía en alto la dignidad del golpeado. Jesús animó al abofeteado a actuar con dignidad y afirmar su humanidad. La persona podía ser agredida, pero no sus ideales, no su valor humano. Una nueva bofetada solo evidenciaría la debilidad e impotencia del agresor.

Jesús también enseñó: «Al que quiera ponerte a pleito y tomar tu ropa, déjale también la capa» (v. 40). Entregar ambas prendas hacía visible el egoísmo de quien pretendía despojar al otro. Al entregar incluso lo que se le quería arrebatar era una manera dramática de visibilizar la ambición y la falta de sensibilidad de la autoridad. El despojo solía ser legal en el papel, pero dejaba a las familias sin lo necesario para vivir. Esto último era lo que Jesús animaba a poner en evidencia.

Bajo el dominio romano las personas podían ser obligadas a llevar las cargas de los soldados romanos hasta por una milla, lo cual expresaba una relación desigual y de abuso. Pero Jesús animó a sus discípulos a responder con una decisión propia: «A cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos» (v. 41). El poderoso podía imponer una carga, pero no podía forzar la voluntad de los creyentes; ellos actuaban por iniciativa propia. De esa manera ingeniosa, conservaban una conciencia que el miedo no podía gobernar. No había manera de humillar a esos sorprendentes cristianos.

«Al que te pidiere, dale; y al que quisiere tomar de ti prestado, no se lo rehuses» (v. 42). ¡Que maravillosa libertad la que Jesús proponía! Mientras los gobernantes luchaban por retener lealtades pagando buen dinero, el cristiano podía dar solo por servir. No estaba preocupado por comprar obediencia, sino en aliviar necesidades y abrir oportunidades. Ayudar exige reconocer al otro como persona, y respetarlo siempre, siempre. Que triste es cuando se necesita dar solo para convertir esas recompensas en una forma de dominio que espera gratitud permanente, silencio y lealtad política.

Luego llega el llamado más exigente de Jesús: «Amad a vuestros enemigos» (v. 44). Amar al perseguidor significa reconocer que también él es necesitado, mientras continuamos llamándolo a abandonar sus abusos. Jesús recuerda que Dios concede sol y lluvia a buenos y malos. Su bondad alcanza a quienes nosotros excluiríamos. El mandato de ser perfectos implica crecer en amor, ser capaz de ir más allá de los resentimientos y fronteras.

El sermón de Jesús ofrece a los cristianos de hoy un estilo de vida que vindica la conciencia y afirma la independencia de cada creyente. Nadie está obligado a ser temerario, pero todos deberían revisar a quién se sirve cuando se calla o se aplaude. Pero más importante aún, es preguntarse por qué se hace una u otra cosa. Si es por temor, por comodidad o por no ser vilipendiado, no se está viviendo en la libertad que Jesús modeló. Debemos ser libres para mantenernos cerca de quienes sufren y libres de someter nuestras conciencias a otros.

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