Contra Roma en sus propias palabras
Roma tomó el control de Judea en el 63 a. C., cuando el general Pompeyo conquistó Jerusalén. Cuando Jesús comenzó su ministerio, Judea llevaba ya unos 89 años bajo el dominio del Imperio romano, el cual permeaba prácticamente todos los aspectos de la vida en el mundo mediterráneo. El cristianismo nació bajo el poder de este imperio y cada página de las Escrituras cristianas fue escrita bajo su sombra.
El Nuevo Testamento no fue escrito en una burbuja ajena a su realidad inmediata, sino que, por el contrario, nació como resultado de los anhelos, esperanzas, luchas y frustraciones de las comunidades que vivieron bajo el poder e influencia del Imperio. La realidad de la ocupación militar y el cobro de pesados impuestos fue el trasfondo en el que se gestó el movimiento cristiano. Las elaboraciones teológicas, la misión y las prácticas cristianas fueron concebidas bajo la sombra omnipresente del águila romana.
De allí que el conocimiento de las políticas imperiales romanas sea clave para la comprensión de los textos neotestamentarios y la manera en que se posicionaron y criticaron los males del Imperio. La suposición de que los escritos del Nuevo Testamento son apolíticos y que se ocupan principalmente de realidades espirituales más que de la vida cotidiana es un desacierto cuya fuerza se basa en el desconocimiento de las características de la maquinaria imperial romana.
De esa necesidad surgió en el campo de la exégesis bíblica lo que se conoce como los estudios del imperio o crítica del imperio, enfoque que propone leer los textos del Nuevo Testamento sobre el telón de fondo del Imperio romano: su ideología, su propaganda, su economía, su sistema de poder y, sobre todo, su religión política o culto imperial. La tesis central es que buena parte del Nuevo Testamento no nació en un vacío «espiritual», sino como respuesta —a veces abierta, a veces velada— al orden imperial romano. Muchos de los términos clave que hoy reconocemos como netamente cristianos son en realidad vocabulario imperial resignificado.
Un cristiano medianamente familiarizado con la terminología cristiana no dejará de sorprenderse al advertir que varios términos distintivamente cristianos no son otra cosa que lenguaje compartido con el aparato publicitario romano: Augusto y sus sucesores fueron proclamados «divi filius» (hijo de dios), «sóter» (salvador), «kyrios» (señor); sus victorias y su ascenso se anunciaban como «euangelion» (evangelio); su llegada a una ciudad era una «parousía»; y el orden que imponían se vendía como «pax et securitas» (paz y seguridad) y como el comienzo de una nueva era de salvación.
La apropiación cristiana del léxico propagandístico del Imperio no fue un préstamo neutral ni una casualidad lingüística. En un mundo donde esas palabras pertenecían al César y sostenían el orden imperial, aplicarlas a un judío crucificado por Roma equivalía a un acto deliberado de contraposición. Confesar que «Jesús es Señor» implicaba, ineludiblemente, que el César no lo era; anunciar el «evangelio» del crucificado relativizaba la buena nueva de los logros del emperador; proclamar su «venida» desplazaba la llegada triunfal del soberano.
Ese posicionamiento acarreaba implicaciones políticas ineludibles, aunque no en el sentido de un programa insurreccional ni partidario. Mas bien, era la afirmación de una lealtad última y excluyente: el verdadero Señor del mundo no reina mediante la fuerza, la conquista y el miedo, sino a través de un poder crucificado, de la justicia y de la ternura con los vulnerables. Al reutilizar el vocabulario de Roma, los primeros cristianos no se limitaban a describir su fe: desenmascaraban las pretensiones divinas del Imperio y proclamaban un reino alternativo.
Su confesión era una crítica radical a toda absolutización del poder humano que era, a un tiempo, adoración y resistencia. Adoración, porque reconocía a Cristo como único Señor; resistencia, porque desenmascaraba las falsas salvaciones ofrecidas por los poderes de turno. Allí donde se exalta al líder como indispensable, el evangelio proclama al crucificado. Allí donde se confunde seguridad con sometimiento, anuncia una paz fundada en la justicia. Allí donde se exige silencio en nombre del orden, recuerda que la verdad libera. Y allí donde el poder se absolutiza, la iglesia está llamada a decir, con humildad pero con firmeza: Jesús es Señor, y por eso ningún César lo es.









