La Esperanza de los Sin Poder

El fenómeno de las pandillas no es distinto de los grandes problemas políticos que enfrenta nuestro país. Para encontrar la solución se necesita más que la conversión y la salida de todos sus miembros actuales.

Dado que la baja autoestima crónica es abundante en nuestros barrios y colonias, los símbolos, las drogas, el sexo, las armas y el hipermachismo de las pandillas continuarán ejerciendo una atracción irresistible sobre millares de niños y jóvenes.

La baja autoestima crónica continuará no sólo persistiendo sino incluso aumentando en la medida que las causas que la producen continúen intactas. Entre esas causas se encuentran el alto índice de exclusión social y económico, el libre mercado de armas cortas y largas, la abierta circulación de drogas, las deficiencias en las condiciones habitacionales y la viveza política. Dicho de manera simple: las pandillas están lejos de desaparecer prontamente.

Durante al menos dos décadas las pandillas han estado presentes y seguirán siendo parte de nuestra cotidianeidad, encontrando muchos nuevos miembros para reemplazar a aquellos que han sido asesinados o que se encuentran en prisión. Las pandillas transnacionales no renunciarán a su violencia mientras ella continúe representándoles una fuente poderosa de equilibrio emocional y de ingresos económicos.

Como lo escribió la filósofa política Hannah Arendt: «Generalmente hablando, la violencia siempre brota de la impotencia. Es la esperanza de aquellos que no tienen poder». Si existe alguna sabiduría en este pensamiento, debemos entonces esperar ver que las pandillas continuarán promocionando con sobrado éxito la violencia como recurso entre los niños y jóvenes marginados del país.

La inversión de recursos en redadas y encarcelamientos no debería ser la mayor prioridad que acometan los gobiernos locales, nacionales y la comunidad internacional, sino el desarticular las estructuras que perpetúan el escándalo de la pobreza que margina a millones y destruye su autoestima a través de la persistencia de la inequidad, la corrupción, el desempleo y los grandes vacíos en educación pública y atención médica. En la contraparte crea las condiciones para la libre oferta de armas y drogas.

Las iglesias pueden acompañar el esfuerzo a través de programas de inserción y prevención, pero por sí solas no podrán resolver el problema de las pandillas. Solamente se logrará por un esfuerzo conjunto entre la sociedad, el gobierno y la comunidad internacional, que se proponga cambios en la inversión educativa, reformas tributarias, imparcialidad y respeto en el área judicial como también la obtención de acuerdos comerciales ventajosos.

Mientras tanto, la tarea de proveer a los miembros de pandillas medios para su inserción seguirá siendo una meta valiosa y noble. Para ello debe aprovecharse diligentemente cada ventana de esperanza que se abra. También serán valiosos los esfuerzos en el campo de la prevención pero ésta será eficiente cuando integre los aspectos señalados. La gran tarea de prevención de la violencia no es otra cosa que gobernar bien y no solamente durante el curso de una administración sino en la sucesión de varias administraciones que no tengan otra meta que la de resolver el problema de la violencia.

Ellos no sólo lograrán esa meta sino también resolver los problemas más agudos del país. Es el tiempo para ver el ejercicio del poder desde una perspectiva estratégica de servicio, respondiendo a un plan de nación de consenso y de largo plazo.

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