La muerte fotografiada

El pasado 24 de octubre un periodista de El Diario de Hoy captó las dramáticas imágenes de Adán Menjívar segundos después de haber asesinado a Irma Pérez, quien caminaba al lado de sus pequeños hijos. La mujer y sus hijos habían sufrido por bastante tiempo el maltrato de Adán y ese día Irma iba resuelta a colocar una denuncia por violencia intrafamiliar. La mala vida que este hombre le había dado a su familia responde a patrones culturales de machismo, uno de cuyos componentes es la agresividad y la violencia. El desprecio hacia mujeres y niños es demasiado típico en nuestro país, pero, es peor cuando los cafres portan armas. Ya es demasiado malo que Irma y su familia hayan tenido que padecer violencia por mucho tiempo, pero peor es que ella terminara siendo asesinada a vista de sus niños.

En las actuales condiciones de seguridad el pensamiento simple justifica que las personas se hagan de un arma con el propósito de defenderse. Pero, como se ha señalado en otras ocasiones, la idea de defenderse con un arma ignora la impotencia a la que normalmente está condenada la víctima de una acción delincuencial. Las estadísticas estadounidenses muestran que por cada éxito en el uso defensivo armado se produjeron 185 muertes en intentos fallidos de defensa, suicidios y accidentes. El médico epidemiólogo Douglas Wiebe, de la Universidad de California, concluyó que en ese Estado “las personas con armas domésticas tienen dos veces más posibilidades de morir por armas de fuego que aquellas que no tienen armas en su casa, y 16 veces más ocasiones de suicidarse”. El sociólogo y especialista en violencia urbana Glaucio Soares también llega a la siguiente conclusión: “Necesitamos campañas para demostrar que las armas en casa matan mucha más gente dentro de la familia que entre los asaltantes”. El caso de Irma es una dramática ilustración de esa realidad.

Parte de la tendencia al uso de las armas es una reacción a la ineficiencia del sistema judicial. Cuando el Estado no puede garantizar efectivamente la propiedad y la integridad física, las personas recurren al concepto de la defensa propia. Pero el salvadoreño promedio desconoce las estadísticas e ignora que los muertos no serán los delincuentes, sino sus familiares o ellos mismos. Si Adán no hubiese tenido un arma, la tragedia de Irma no hubiese terminado en fatalidad; ella podría haber denunciado y recibido protección de las instituciones para escapar de un psicópata. De acuerdo con el PNUD, en El Salvador, los procedimientos de importación legal de armas tienen muchos vacíos y vulnerabilidades que dan lugar a su hurto y desaparición durante los mismos procesos aduaneros. Por otra parte, los requisitos para la matrícula y permisos de portación de armas se cumplen de manera irregular o insuficiente, de manera que personas desequilibradas pueden obtener ambos permisos sin mayor dificultad. La principal fuente que suple a la delincuencia de armas de fuego son las armas legales. El 50 % de los delitos con armas de fuego en El Salvador se han cometido con armas que fueron debidamente registradas. Es por ello que una de las acciones recomendadas por el Plan El Salvador Seguro es la veda y estricta regulación de la circulación de armas para que haya menos Irmas que dejen su vida y sus hijos abandonados en plena calle a la luz del día.

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