La práctica de la verdad

Las personas que practican y viven en la verdad son libres de temores. Estos pueden ser tanto exteriores como interiores. Entre los exteriores se encuentran el miedo a ser difamado, a ser desposeído de la reputación, a perder a los cercanos. Entre los internos están la cobardía, la hipocresía, la soberbia.

La verdad libera a las personas del miedo porque los temores solo existen alrededor del yo, que es su centro, pero desaparecen tan pronto como el individuo se libera del apego a su propio yo. Cuando la verdad se sobrepone al egoísmo los temores se desvanecen. Así se descubre una relación entre el egoísmo y el temor, a mayor orgullo mayor ansia de escapar de la verdad y mayor tensión por todo lo que eso implica. Resulta al final que los temores son infundados y solamente adquieren fuerza por la esclavitud que implica el ocultamiento.

De este asunto es que Jesús habló cuando dijo: “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Juan 3:20-21).

Para quien hace lo malo no hay peor verdugo que el desasosiego de que sus hechos salgan a la luz. Allí inician sus temores y espantos de luchar por todos los medios para permanecer en la oscuridad mintiendo, ocultando, amenazando, comprando conciencias, bloqueando accesos, descalificando. Sin advertir que su afán por huir de la luz dice a gritos que hay algo sórdido en sus actuaciones y un orgullo cruel que les esclaviza a sus temores. A “hacer lo malo” Jesús no opuso “hacer lo bueno” sino que “practicar la verdad”. Lo correcto y honesto es de la luz y necesita ser visto con claridad, pero no porque se convierta en lo que es verdad cuando se manifiesta, sino al revés. La verdad es intercambiable con la luz. Quien hace lo correcto da un paso al frente y se somete responsablemente a la ley, da cuentas de sus actuaciones y facilita la información que, al fin y al cabo, solo mostrará que todo está en regla. Eso es salir a la luz para que sea manifiesto que las obras son hechas con honestidad.

La práctica de la verdad exige la aceptación voluntaria de ser escrutado.

Dado que cada persona es única y posee su propia visión de las cosas, la regla de oro de la convivencia es la tolerancia mutua. Nunca todas las personas pensarán igual, siempre verán la verdad de manera fragmentaria y desde diferentes perspectivas. Aunque la conciencia sea una buena guía para el individuo, no se puede imponer la visión propia a los demás sin que sea una intromisión intolerable a sus conciencias. En ese punto es mejor dar paso a la verdad caminando hacia la luz, es decir, la transparencia. Es un gesto de sencillez esencial porque los temores no tienen cabida cuando se deja de ser amo y se vive en la humildad del que reconoce haber sido hecho del polvo.

La misma insistencia en la práctica de la verdad enseña a valorar la belleza del compromiso. Por su causa, se puede provocar disgustos a los amigos o partidarios, pero el compromiso esencial seguirá siendo con la verdad. La probidad es la armadura que protege la imagen de quien la practica. Del que es libre de temores y sale a la luz sabiendo que no existe nada más hermoso que el conocimiento de la verdad y, por el contrario, no hay nada más vergonzoso que aprobar la mentira y tomarla por verdad.

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