Las Iglesias Domésticas

Los primeros cristianos no tenían edificios para el culto. Sus reuniones las realizaban en las casas de los que abrazaban la nueva fe. Pero el concepto de casa que ellos conocían es diferente al nuestro. Lo que hoy llamamos «familia nuclear» era una entidad desconocida para ellos. La casa era el lugar donde, además de la familia nuclear, habitaban los ayudantes, los esclavos y hasta los animales de su propiedad.

El conocimiento de un oficio se trasladaba de padres a hijos y el taller de trabajo se encontraba en la misma casa. El padre de familia enseñaba su oficio a sus hijos, quienes en el futuro heredarían el negocio. La mayor parte de familias no tenían esclavos pero sí ayudantes que se convertían en parte de la familia. Entre todos elaboraban mercancías que luego comercializaban. De manera que la casa era el lugar donde se vivía, se trabajaba, se aprendían los oficios, se establecían relaciones comerciales y sociales.

Cuando el cristianismo surgió fue a instalarse directamente en las casas, afectando con ello todas las esferas de la vida. Quien reconocía el señorío de Jesús lo hacía en su familia, en su trabajo, en sus relaciones sociales y comerciales. Esa es la razón por la que en las epístolas cristianas las recomendaciones éticas para la familia son seguidas de manera inmediata por las recomendaciones laborales y sociales. Todo formaba un conjunto único de vida.

Veinte siglos después y en el lado occidental del planeta, las cosas son bastante diferentes: Se tiene una casa para vivir y de donde se debe salir para ir a trabajar. Las relaciones con los compañeros de trabajo se desarrollan lejos de la familia. El aprendizaje de un oficio o de una profesión se recibe en un lugar distinto y alejado de la familia. Se confina a Dios a un lugar que se llama iglesia y en donde se le deja encerrado por el resto de la semana.

Como resultado de esa compartimentación de la vida los cristianos se permiten concebir su fe divorciada del trabajo, del aprendizaje, del comercio, de la sociedad y hasta de la familia. Tal visión deviene en cristianos éticamente contradictorios que en la iglesia resultan ser especialmente devotos, pero en el comercio se vuelven voraces depredadores. En la iglesia son responsables y activos pero en la sociedad se vuelven indiferentes y apáticos.

El mundo lo dividen entre sagrado y secular, entre material y espiritual conforme a las más estrictas concepciones del dualismo pagano. En el rubro de lo espiritual engloban la oración, la adoración y el servicio; pero rechazan como secular todo aquello que demanda de ellos una respuesta comprometida ante la sociedad y el comercio. Es necesario que los cristianos del Siglo XXI cambien su visión dualista de la vida para adoptar un enfoque holístico que responda a las verdades bíblicas y se extienda a su vida laboral y en sociedad.

Esa sociedad plagada de corrupción, viveza, el terror de las pandillas, la injusticia y la insensibilidad. Como sal de la tierra y luz del mundo deben ejercer su influencia sanadora en esas esferas de la vida que no son tan cómodas como el confortable ambiente eclesial, pero que es el verdadero campo de misión adonde Jesús les envía para alcanzar a las ovejas que no tienen pastor.

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