Las iglesias legislando

En la década de 1780, recién declarada la Independencia de los Estados Unidos de América, un tal doctor Benjamin Rush planteó la acertada doctrina de que el abuso del alcohol perjudicaba la salud física y mental. Para 1826 se creó la American Temperance Society (Sociedad Americana por la Templanza), que en una década aglutinó a un millón y medio de afiliados, quince periódicos y el apoyo de las iglesias evangélicas que vieron en el movimiento la ocasión para erradicar totalmente el consumo de alcohol por la fuerza y no por la conversión de los alcohólicos.

Desde el principio fueron las mujeres las principales activistas. Ellas eran quienes debían soportar a los maridos alcohólicos que se gastaban el salario bebiendo y, para colmo, las golpeaban al llegar a casa borrachos. Se organizaron y se convirtieron en las pioneras del feminismo, tanto el político como el de la lucha contra la violencia doméstica. Doscientas mujeres airadas, hartas de maridos borrachos y maltratadores, asaltaron en 1856 los bares de Rockport, Massachusetts. Iban armadas de santa indignación y de no muy santas hachas, con las que destrozaron los barriles de cerveza y ron. Fue entonces cuando entró en juego la politiquería: el apoyo al movimiento por la erradicación del alcohol se convirtió, a finales del siglo XIX, en el factor decisivo de todos los procesos electorales, desde los municipales hasta los presidenciales. Los prohibicionistas sufragaban las campañas de cualquier candidato, sin importar su propuesta política, siempre y cuando se comprometiera a apoyar la Prohibición. De esa manera, las condiciones se fueron dando para que en enero de 1920 entrara en vigor la Decimoctava Enmienda a la Constitución, conocida como la Ley Seca, que prohibía el consumo de alcohol en todo el territorio estadounidense. Las iglesias celebraron el hecho como un gran triunfo y el famoso evangelista Billy Sunday expresó ante unas 10,000 personas: “El reinado de la amargura ha llegado a su fin. Dentro de poco los tugurios serán sólo un recuerdo”. Puesto que el alcohol era la causa de todas las desgracias y pecados del hombre, su prohibición resolvería todos los problemas. Por eso también afirmó: “La miseria será pronto sólo un recuerdo. Convertiremos nuestras prisiones en fábricas, nuestras cárceles en graneros”. Esto fue tan creído que muchos municipios vendieron sus cárceles, pues las consideraron ya inservibles.

Pero la Ley Seca no produjo los resultados que se esperaban. Al ser implantada apenas logró reducir en un 30 % el consumo del alcohol, reducción que duró el tiempo que le tomó a los contrabandistas crear los mecanismos para burlar la ley. Luego, el consumo volvió a su nivel habitual,pero con el agravante de haber producido un aumento geométrico de la criminalidad, las mafias, el gangsterismo, los asesinatos y la corrupción policial y política. Las puertas del infierno habían sido abiertas y después de 13 años los evangélicos entendieron que se habían convertido en aliados de los criminales. Finalmente, en 1933, se introdujo la Vigésima Primera Enmienda que anuló la Ley Seca. Pero el mal ya estaba hecho y sigue estando allí desde hace cien años. La Ley Seca es un ejemplo monumental de lo que ocurre cuando la Iglesia abandona su ministerio para enfrentar el pecado y opta por el camino fácil de procurar leyes que le hagan su trabajo. Se necesita discernimiento para no errar pensando que se hace un bien cuando en verdad se está multiplicando el mal.