Los ciegos pueden ver

El Señor Jesús elaboró la siguiente historia: Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto.

Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. Así también llegó a aquel lugar un levita, y al verlo, se desvió y siguió de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendió. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó.

En Israel tanto los sacerdotes como los levitas se suponían modelos, maestros de la verdad, amplios videntes. Por el contrario, los samaritanos eran considerados ciegos e ignorantes. Eran parias sociales y religiosos.

Pero en la historia de Jesús resulta que los videntes son los ciegos y el ciego el vidente. Los peores ciegos son los que ven pero que actúan como quien no ve. Son los ciegos morales, aquellos que viendo la tragedia de su prójimo se desvían y siguen de largo. Como lo expresó Ernesto Sábato: «La sangre, el horror y la violencia cuestionan a la humanidad entera y nos demuestran que no podemos desentendernos del sufrimiento de ningún ser humano».

En la actual situación de violencia social que vive el país venimos a ser los sacerdotes y los levitas de parábolas y parábolas que se repiten. Somos los ciegos recurrentes, los que abandonamos en el camino a los asaltados o asesinados. Los que desviamos la mirada ante la imagen asesinada de Dios.

Pero ¿cuál es la enseñanza que Jesús nos da con esta historia? Él nos pide que tengamos una mirada que nos mueva a la misericordia. La mirada que nos impida pasar de largo ante quienes sufren. No habla de sensiblería sino de compasión que se expresa en acción. Poder ver que el otro ya no es más un extraño sino alguien que es parte nuestra. En palabras de Octavio Paz: «Salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia».

Pasamos de largo frente al drama humano porque no logramos entender el sufrimiento del otro. Y no lo entendemos no porque seamos ajenos al sufrimiento sino porque somos incapaces de salir de nosotros mismos. Nuestro pecado es el egoísmo. Mientras el mal no nos toque preferimos pensar que no nos incumbe. No deseamos incomodidades ni complicaciones. Preferimos no abrirnos sino protegernos. Desviarnos y seguir de largo.

Pero mientras otros sigan muriendo, algo morirá en nosotros. El alma nacional se irá marchitando a menos que reaccionemos ante el crimen que alcanza a esa otra parte de nuestra existencia: nuestro prójimo. El samaritano cuidó del medio muerto. Entonces los ciegos pueden ver. Porque quieren ver. Porque no se desvían ante el dolor que, al final, no es ajeno sino propio.

Jesús nos hace ver que la piedad de labios no le agrada. Es solamente la misericordia transformada en solidaridad la que aprueba. Él preguntó: ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Un experto en la ley respondió: «El que se compadeció de él». Jesús aprobó la respuesta diciendo: «Anda entonces y haz tú lo mismo». Lo hagamos o dejemos de hacer decidirá si tan sólo creemos en Jesús o si seguimos a Jesús.

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