Los grandes momentos para las grandes personas

Sin ninguna duda la existencia humana tiene un propósito. Desde la perspectiva que se desee abordar resulta ser el sentido racional que da significado al ser. Ese propósito puede entenderse como la misión que toda persona debe cumplir. Es la forma como cada individuo realiza su visión y cumple su propósito en el día a día. Una vez la persona es consciente de su misión comienza a pensar en función de ella y en la medida que su mente es transformada su vida va transformándose también. Los valores, la voluntad y el conocimiento se enfocan en aquello que hace al ser humano la persona idónea para cumplir con su misión específica.

Lastimosamente son pocas las personas que están conscientes de su misión y la procuran. La mayoría decide rendirse a las misiones sombrías. Si no se abraza la verdadera misión, se puede abrazar una misión sombría y destructiva. El mundo siempre cambiará, tanto cuando las personas abrazan su verdadera misión como cuando abrazan una misión sombría. El asunto es si cambiará para bien o para mal.

Las misiones destructivas se consuman en la persecución del poder, el placer, la apariencia, el renombre, la aceptación, la autoprotección, la independencia, el más acendrado egoísmo. Esas características convierten cualquier misión en una ruina. Es lo que ha ocurrido con personas que alcanzaron roles muy singulares, la historia les colocó en puntos de inflexión que los facultaron para impulsar nuevos caminos de bien común; pero, confundieron el placer de su auto gratificación por la nobleza del interés superior de la colectividad. Limitaron los ideales a su pequeño mundo personal y terminaron ganando la vergüenza permanente. Es que los grandes momentos son solamente para las grandes personas, para quienes poseen el carácter que se va construyendo a lo largo de las décadas, en el día a día, en los pequeños detalles.

Son esos pequeños detalles los que revelan si uno se encuentra ante la persona correcta o ante un fraude de las apariencias. Por supuesto, no todos poseen esa capacidad de discernimiento y no por una deficiencia intelectual sino porque el observador mismo necesita reconocer cuáles son las amenazas que invitan a buscar el camino menos costoso. Se necesita la humildad y la capacidad de catar el sabor de los que vienen del desierto, del sufrimiento, de la cruz. La calidad ética de aquellos que se han negado una y otra vez a escoger el camino fácil y permanecer en el correcto.

Para forjar un carácter probado se necesita el reconocimiento de un ideal superior al que se le debe lealtad. Eso es importante porque solamente la idea de algo más grande, más universal, puede definir la identidad y dar más determinación para ser menos vulnerables ante los desvíos. Eso incluye la necesidad de pertenecer a una comunidad que comparte los mismos ideales pues el ser humano suele ser el reflejo de sus amistades más cercanas. Rodearse de las personas correctas imparte más fuerza y seguridad.

La vocación de servicio debe ser el propósito último que le da sentido al vivir y del cual se debe rendir cuentas a los demás. Decidir servir no es siempre fácil, hay que estar dispuesto a aceptar voluntariamente la incomodidad de seguir el camino correcto. Ello prepara y capacita para el momento en que se deben tomar las decisiones más difíciles. El mundo se hace a un lado ante una persona que sabe quién es y adónde va.

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