Oración por los reyes

Solo hay un pasaje en el Nuevo Testamento que menciona la oración por los gobernantes, que es 1 Timoteo 2:1-4: «Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad».

Con frecuencia, este pasaje ha sido usado por cristianos políticamente partidizados para pedirle a la iglesia silencio, docilidad y complicidad con quienes gobiernan. Pero esa lectura es incompleta y peligrosa. El pasaje no le pide a la iglesia que bendiga toda decisión de los gobernantes. No dice que los reyes sean infalibles, ni que sus abusos deban justificarse en nombre del orden. Lo que pide es que se ore por ellos para que el pueblo pueda vivir «quieta y reposadamente, en toda piedad y honestidad». La finalidad del texto no es la comodidad del gobernante, sino la vida digna de la comunidad.

La oración cristiana no es incienso para perfumar el autoritarismo. Es, más bien, una manera de colocar el poder humano delante del juicio de Dios. Cuando la iglesia ora por quienes gobiernan, debe pedir que gobiernen con justicia, que respeten la verdad, que protejan la vida, que escuchen el clamor de los pobres, que no pisoteen la dignidad de nadie y que recuerden que toda autoridad es pasajera. Orar por los gobernantes no significa convertirse en sus justificadores.

La iglesia tiene una responsabilidad espiritual enorme. Su tarea no es repetir consignas oficiales ni convertirse en eco religioso del poder. La iglesia existe para anunciar el Reino de Dios, y ese Reino no se debe confundir con ningún gobierno, partido, caudillo, ideología ni proyecto nacional. Cuando la iglesia pierde esa distancia profética, deja de ser fiel al evangelio y se convierte en sal que perdió su sabor.

Orar por los gobernantes, entonces, implica pedir por su conversión. Conversión no solo en el sentido privado, sino también público, es decir, una conversión de la soberbia a la rendición de cuentas; de la venganza a la justicia; de la propaganda a la verdad; del culto a la personalidad al servicio humilde; del desprecio por el débil al cuidado del vulnerable.

Los profetas de Israel no fueron aduladores de reyes. Natán confrontó a David. Elías denunció a Acab. Jesús no dudó en calificar de «zorra» al rey. Los apóstoles respetaron a las autoridades, pero cuando estas sobrepasaron su responsabilidad ante Dios, respondieron: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres». La Biblia nunca autoriza a la iglesia a ser consentidora de los abusos.

Ese principio sigue vigente. La iglesia debe orar por quienes gobiernan, sí. Pero debe hacerlo con los ojos abiertos: de rodillas ante Dios, pero de pie ante el poder. Debe orar también por quienes resultan afectados por decisiones injustas, por las familias que no reciben explicación, por los jueces que deben decidir con independencia, por los periodistas que investigan bajo amenazas, por quienes defienden la dignidad humana, en general, por los vulnerables que suelen pagar el precio más alto de las políticas públicas interesadas.

Quien ora de verdad aprende a escuchar el dolor de Dios en el dolor humano. Por eso, una iglesia que ora por los gobernantes pero calla ante el atropello no ha entendido el evangelio. Y una iglesia que confunde la paz con la ausencia de crítica corre el riesgo de bendecir cadenas creyendo que bendice estabilidad. La oración cristiana no debe ser neutral ante la injusticia.

La Biblia no llama a idolatrar a los gobernantes. Llama a interceder por ellos para que la sociedad pueda vivir en dignidad, piedad y honestidad. Si quienes gobiernan promueven esas condiciones, la iglesia debe alegrarse. Si las destruyen, debe decirlo. Porque la lealtad suprema del cristiano no pertenece al César, sino a Dios.

Orar por el gobernante no equivale al silencio o a desviar la mirada de la realidad que afecta a los marginados. Es llevar el poder ante Dios. Y cuando el poder se vuelve abusivo, llevarlo ante Dios también significa recordarle, en voz alta, que ningún trono humano es eterno y que toda autoridad será juzgada por el Señor de la justicia.

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