Un llamado a los pastores hoy

Cada pastor ejerce su ministerio de acuerdo con la concepción de Dios que posee. Para quien lo concibe como limitado al edificio de la Iglesia, enfocará su tarea pastoral en ese recinto y a las relaciones que en él se desarrollan. Por el contrario, quien cree que Jesús resucitó y dijo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18), extiende su ministerio a todos los ámbitos en los que Jesús es Señor. Eso explica por qué en los tiempos peligrosos y polarizados que vivimos, con una crisis moral y política tanto en el gobierno como en las iglesias, solo unos pocos asumen la responsabilidad de enfatizar la identidad de todo creyente en Cristo, anteponiéndola a cualquier identidad electoral. Sobre las preferencias políticas partidarias debe prevalecer la sincera fidelidad a los valores del Evangelio. Cuando se produce un conflicto entre una forma de hacer política y la teología, se debe examinar esa política. Se debe poseer discernimiento espiritual para percibir los peligros y ser capaces de advertir al pueblo del Señor sobre las amenazas que se presentan a elementos básicos de la fe.

El papel de la Iglesia es el de marcar la diferencia, ser la conciencia que llama de continuo al país a hacer lo correcto. Lucha por transformar el mundo a través de la vida y el amor. Su mensaje es el de la reconciliación con Dios y con los hombres, porque nadie puede estar reconciliado con Dios si no lo está con quienes le rodean. Cuando el poder asume como tarea persistente el fomento del odio, la división y el desprecio entre salvadoreños, es obvio que se están atacando elementos esenciales del cristianismo. Cuando los creyentes asumen, conforme a la corriente del mundo, esos antivalores, los pastores deben levantarse y hablar. No es posible que permitan que los creyentes se traten con cordialidad y respeto en las iglesias mientras afuera de ellas recurren al insulto y a las expresiones denigrantes en contra de sus hermanos en la fe. Los pastores deben ser diligentes y hablar con amor a las iglesias y enseñarles que la fe debe vivirse sinceramente en todas las esferas de la vida, en todo tiempo y lugar. Los cristianos siempre se verán expuestos a tentaciones, cautiverios partidistas, razonamientos falsos e idolatrías políticas. Pero ante ellas, los pastores deben salir en defensa del rebaño iluminando, orientando y llamando al arrepentimiento.

Estas tareas no deben realizarse por razones políticas, sino por amor al prójimo, con humildad, oración y una profunda dependencia del Espíritu Santo. Al visualizar grandes masas de creyentes fanatizadas, odiando a otras personas que poseen la imagen de Dios tan solo porque poseen opiniones distintas, no hay duda de que nos encontramos frente a un decaimiento de la moral colectiva. No percibir ese hecho, implicaría que, de alguna manera, los pastores han sido contaminados por la corriente del mundo y su capacidad para guiar a los cristianos entraría en duda. La responsabilidad pastoral debe ser la de asegurar que los creyentes lo sean en todas las dimensiones de la vida y no dudar en señalar los abusos del poder y lo pecaminoso de los recursos publicitarios que atentan contra la dignidad humana para obtener beneficios electorales. Se trata de un tema de fidelidad y valentía. Se trata de convertir el rol profético de la iglesia de un consabido concepto teológico de las aulas a una práctica de la verdad y el testimonio, en momentos cuando el país presenta condiciones morales que exigen hacer oír la voz de Dios.

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