El rey sin palacio
Años después de que los ejércitos romanos tomaron el control de Judea, Roma atravesó un momento de debilidad debido a las luchas internas desatadas tras el asesinato de Julio César. Aprovechando esa debilidad, los partos avanzaron sobre Judea y capturaron a una parte de la familia de Herodes por su actitud favorable hacia los romanos. Herodes logró huir hacia Roma donde consiguió que el Senado le otorgara el título de «rey de los judíos», a pesar de encontrarse desterrado.
Tres años después, Roma reorganizó sus fuerzas y derrotó a los partos. De esa manera, Herodes volvió a Jerusalén y asumió el trono como rey de los judíos. Herodes, que fue llamado «El Grande», y quien se menciona en Mateo 2, fue rey porque Roma lo hizo rey. Su autoridad dependía de la aprobación imperial y gobernaba en beneficio del orden romano.
Herodes nunca pudo ganarse la aceptación popular judía. Precisamente porque era visto como instrumento de Roma. Para muchos judíos piadosos, Roma representaba dominación pagana, tributos, idolatría imperial y pérdida de la autonomía nacional. Era cierto que, después de las campañas contra los partos, Herodes había logrado imponer la paz, pero se trataba de una paz favorable al imperio.
Además, Herodes no era descendiente de David. Su padre era de Edom y su madre de Arabia. Por ese motivo era visto por los judíos como un usurpador. Para colmo, Herodes cometió otro error en su intento de congraciarse con el emperador: promovió grandes construcciones con fuerte sabor grecorromano como teatros, anfiteatros, juegos y construcciones en honor al emperador Augusto. Es verdad que engrandeció el templo de Jerusalén, pero eso fue insuficiente para balancear el rechazo que los judíos le tenían.
Herodes sabía que su posición de poder no era segura, lo que lo hizo profundamente desconfiado y cruel. Al punto de mandar a ejecutar a miembros de su propia familia, incluyendo a su esposa y a algunos de sus hijos, por sospechas de conspiración. Las fuentes antiguas lo presentan como un hombre capaz de eliminar a cualquiera que percibiera como amenaza.
La conjugación de esos elementos hizo que la figura de Herodes resultara despreciable para los judíos, quienes lo veían como un oportunista aliado del poder imperial. Pero ¿qué idea tuvieron los primeros cristianos de él? ¿Tenían una posición definida? ¿O eran, como comúnmente se piensa, neutrales con relación a temas del poder político? La respuesta se puede encontrar en el evangelio de Mateo. El capítulo 2 presenta un claro choque de realezas. Los sabios del oriente preguntan: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?» — y Herodes, el «rey de los judíos» puesto por Roma, «se turbó, y con él toda Jerusalén».
El recién nacido Salvador era un legítimo «hijo de David», como lo demuestra la genealogía de Mateo, superando decisivamente al rey impuesto. El evangelio opone al tirano ilegítimo, paranoico y dependiente de Roma, al bebé que nació en Belén. El degüello de los niños menores de dos años dramatiza la violencia del poder contra los más vulnerables. Se trata de una cruel demostración de un sistema dispuesto a cualquier crimen a fin de conservarse en el poder. Y el eco es deliberado: evoca al faraón que ordena matar a los niños hebreos, de modo que Herodes queda retratado como un nuevo faraón y Jesús como un nuevo Moisés, liberador frente a un nuevo Egipto.
Otros elementos simbólicos son los detalles que Mateo introduce sobre los sabios que vienen «de oriente», asociados a los partos, el gran rival de Herodes y de los romanos, pero que recocen al verdadero rey de los judíos que los demás no saben ver. A eso se suma la estrella que los guía en oposición a lo que los romanos llamaban el «sidus Iulium», un cometa que según la religión política romana anunció la divinización de Julio César, de modo que un nuevo astro anuncia ahora a un rey diferente: Jesús. Mientras las élites disfrutan de la «seguridad» que Herodes les brinda para hacer negocios, Jesús y su familia huyen para vivir en el exilio, en Egipto. Un relato agudo que desnuda con maestría las injusticias de su tiempo y presenta una nueva esperanza en las buenas nuevas de Jesús.









